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lunes, 8 de mayo de 2017

Capítulo 9

Maripi, su amiga y roommate, resultó ser una diva total, ¡que encima sigue histeriqueándole al jefe! De todos modos, para Valen es una etapa de peace and love.


Mi cama de una plaza, algunas cajas, un par de valijas. Me colgué al hombro la mochila con los documentos y ya estaba lista para mudarme. Habíamos quedado con Maripi en encontrarnos en la puerta del edificio el viernes a las 7 de la mañana, pero cuando llegué ella ya estaba ahí, dirigiendo junto a su mamá un pequeño regimiento que bajaba cosas de un camión y las acomodaba según sus instrucciones. Mi amiga sí que se estaba mudando: no solo llevó su cama queen, sino un montón de muebles que los padres habían sacado de circulación en su casa después de redecorarla. Hasta cortinas, alfombras y una mesa ratona. Genial, porque mi miedo era vivir en una casa pelada, que pareciera una cueva. 
A diferencia de mi vieja, que se fue con joggineta y guantes de látex para ayudar a limpiar el departamento, la madre de mi amiga sostenía un cigarrillo entre sus dedos con manicure perfecta, y le daba indicaciones a su mucama, a quien había traído desde Nordelta para que diera una mano. 
Con tanta cooperación, al mediodía todo estaba limpio, y los muebles, en su lugar. Había que abrir las cajas y las valijas y acomodar, pero estábamos ansiosas por hacerlo a solas, así que despachamos a todo el mundo (incluso a Juampi, mi novio, que tenía que irse a trabajar), cerramos la puerta y nos pusimos a bailar como enajenadas en el medio del living. ¡Qué liberador! Fue como si acabáramos de recibirnos de adultas. Al fin vivíamos sin nuestros padres. 

HELL´S KITCHEN
Una vez que guardamos nuestras cosas en cada dormitorio, le pusimos pilas a la cocina. Parecía difícil que los inquilinos anteriores la hubieran usado: las alacenas no tenían estantes, una de las puertas de los muebles se cayó en cuanto la abrimos, y el horno estaba desmantelado. Se lo dijimos al portero, que rio enigmáticamente y nos prometió mandar un gasista y un carpintero el sábado.
Igual, como no daba para ponerse a cocinar el día de la mudanza, a la noche pedimos empanadas y esperamos a que llegara Juan, que había prometido traer la cerveza y el helado. 
Sonó el portero eléctrico y apreté el botón para abrir la puerta de abajo sin preguntar quién era, segura de que había llegado Juan. Big mistake: era Luciano, mi jefe. Lo vi salir del ascensor y me bajó la presión. Después de bañarme me había puesto una remera crota y un short, bien de entrecasa. Él llegaba muy canchero, perfumado y con una botella de malbec en la mano. “¿Maripi no te avisó que yo venía?”, preguntó. Debió ver mi cara de sorpresa. Actué como si yo fuera la más cool del mundo y le di la bienvenida. Cinco minutos después cayó Juan. A él le sorprendió más que a mí la presencia de Luciano, pero vio que mi jefe tenía onda con mi amiga, no conmigo. 
Me di cuenta de que estaba todo bien entre nosotros porque fui a la cocina para servir el helado y Juampi me siguió. Me abrazó desde atrás y me acarició por debajo de la remera. “Ahora que no vivís con tus viejos podemos quedarnos en la cama todo lo que queramos”, me dijo, mientras me besaba el cuello. Sentir su respiración tan cerca del oído me aflojó las rodillas. No veía la hora de estrenar con él mi nuevo dormitorio. 




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