La hermana de Valen reaparece, y acuerdan encontrarse para que le cuente la difícil situación que enfrenta, que marcará un antes y un después en la vida de Nati.
Temblando, llamé a Maripi. “Nati está mal. Estuvo borrada desde anoche y recién ahora da señales de vida. No me quiso contar por teléfono lo que pasó, pero voy a encontrarme con ella a la tarde”. “Tranquila, voy con vos”, respondió mi amiga, sin que yo tuviera que pedírselo.
Maripi pasó a buscarme por la agencia y fuimos juntas hasta un bar cercano donde Nati, mi hermana, me esperaba sentada al fondo del salón, cerca de la cocina y detrás de una palmerita artificial llena de polvo. Maripi se ubicó en otra mesa, y saludó a Nati desde lejos, para no invadir lo que sería una confesión entre hermanas. Nati le respondió con una sonrisa de costado, casi como una mueca. Parecía otra persona. Es decir, tenía el mismo pelo castaño larguísimo y bien lacio de siempre, con un flequillo que a veces le tapa los ojos y otras veces trepa por la frente con estilo rollinga, el piercing plateado en la nariz que casi le provoca un infarto a mi viejo, los labios gruesos que me habría gustado tener. Lo que estaba diferente en ella no era nada que pudiera denominarse como “señas particulares”. Lo que no parecía propio de Nati era la actitud: estaba abatida, pálida, con las comisuras de los labios curvadas hacia abajo, los ojos rojos de haber llorado, los hombros caídos.
Me incliné para abrazarla sin que ella tuviera que pararse. Hundió la cabeza en mi cuello, como si quisiera sumergirse en mi pelo. El cuerpo se le sacudía con un llanto silencioso.
LA CRUDA VERDAD
Me senté a su lado y no le dije nada, esperando que fuera ella quien hablara cuando pudiera. Tardó un rato en pronunciar estas palabras: “Estoy jodida. Esta vez sí que me cagué la vida”. Volvió a llorar y le apreté las manos.
Le pregunté si quería tomar algo y negó con la cabeza. En la mesa había una Sprite por la mitad. Me pedí un cortado. Nati no se animaba a mirarme a los ojos cuando siguió con su relato: “Desde hace tres meses estoy saliendo con un tipo que vino a dar un seminario a la facu. Sí, ya sé: Gonza no se lo merece. Soy una estúpida”, dijo. Gonzalo es su novio. Un chico medio vago con el que salen en grupo a tomar cervezas, a escuchar bandas de rock chabón y a fumar. Aunque están juntos desde hace un año, no me parecía una relación importante, pero tampoco tan liviana como para salir al mismo tiempo con otro. “El tipo se llama Mario. Una noche se ofreció a acercarme a casa, nos quedamos charlando y hubo onda, pero no pasó nada. Me mandaba whatsapps con cosas graciosas o links de textos que quería que yo leyera. Me fui enganchando y nos íbamos juntos de la facultad dos veces por semana. Yo notaba que había algo raro, pero pensé que era solo porque él es mayor y yo una pendeja. A veces estaba retierno y otras me trataba menos diez”.
“¿Te lastimó?”, la interrumpí. “No, pero un poco me psicopateó y me hizo sentir inferior, porque él es reintelectual y se burla de mi falta de mundo. Pero todo eso no es lo peor, Valen: Mario es casado.
Y yo estoy embarazada”.
Y yo estoy embarazada”.
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