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lunes, 8 de mayo de 2017

Capítulo 11

Valen y Maripi creían que independizarse de los padres les proporcionaría libertad para salir sin dar explicaciones y divertirse como locas. Por ahora solo hicieron realidad la segunda parte, aunque la diversión llegó de una manera inesperada.


Después de vivir siempre con nuestras familias, Maripi y yo nos enfrentamos con una novedad: volverse independiente no es solo liberarse del control de los padres para volver del boliche a la hora que quieras o invitar amigos todas las noches. Hay un montón de asuntos en los que no pensás cuando hay alguien que se encarga de ellos por vos. Por ejemplo: ¿quién es el responsable de que en tu casa haya curitas, bombitas de luz, tijeras, papel higiénico, orégano, cubeteras, plumero y una sopapa de goma para destapar los desagües? ¡Tus viejos! Vos, con sueldo de hija pagás ropa, algo de comida, bebida, adornos para tu cuarto, libros… ¡No te comprás un rallador o un termómetro! 
Bueno, al departamento que empezábamos a compartir Maripi y yo le faltaban esos elementos. 
El sábado a la tarde, después de nuestra gira de compras por el barrio, volvimos agotadas. Tanto, que no teníamos ganas de salir a la noche. Mientras Maripi le daba con la sopapa al desagüe de la bañera, yo le cambiaba el cable al teléfono fijo, porque parecía que los inquilinos anteriores lo habían arrancado de la pared.
Un rato después, estábamos las dos en piyama en el sillón del living, recién bañadas, con los pelos mojados y sin la menor intención de hacernos el brushing o de maquillarnos para ir a tomar algo. Eran las ocho de la noche, la segunda de nuestra vida independiente, y en cualquier momento llegaría mi novio, con la intención de pasarme a buscar para ir a comer a Palermo. Mi cabeza decía “sí, claro que voy a salir a divertirme”. Mi cuerpo le respondía “de ninguna manera”.

LA LLAMADA
El teléfono sonó con un ruido espantoso y las dos pegamos un salto. Adictas al celular, no le habíamos dado el número de la línea fija a nadie. 
Atendí yo, y respondió la voz de un hombre:
–Maga, estoy caliente y quiero que me hagas acabar.
–¿Qué Maga? ¡Asqueroso! 
Corté de un golpe. Apenas cinco minutos después, el teléfono volvió a sonar, y se oyó la voz de otro tipo.
–Maga, hoy esperame desnudita y con los chiches. Mirá que volví de viaje y quiero el completo.
Tomé aire y apelé a mi vocación periodística. Le pregunté quién era y, obviamente, quién era Maga. El tipo dudó y cambió los jadeos de macho alzado por una voz temerosa. Resulta que mi nuevo hogar había sido antes el departamento de unas chicas que se dedicaban a la prostitución. Maga era una de ellas, una dominicana que, por lo que me dijo el tipo del teléfono, era una bomba sexual. 
Lo llamé al portero para que me explicara mejor los antecedentes del depto. Se rio un rato y me confesó: “Hace años que por tu casa pasaban chicas de todos lados. Tienen que cambiar la línea de teléfono, porque las van a volver locas los clientes que no sepan que las pibas se mudaron hace dos meses”. 
Maripi no paraba de hacer chistes con la historia de los clientes cachondos y abandonados. Al que no le causó tanta gracia el relato fue a Juampi, que puso cara de horror cuando le conté todo. “Hay que desconectar el teléfono hasta que cambien de línea. ¡Y pongan un portero eléctrico con visor! Además, ahora entiendo por qué los muebles de la cocina eran un desastre y el horno no funcionaba. Acá nadie cocinaba, ¡era un quilombo!”. 

“Aflojá con el drama”, se burló Maripi, que anunció que escribiría una novela llamada “Esperame desnudita” y que, si el libro no funcionaba, probaría suerte atendiendo a los clientes de Maga. Terminamos los tres riéndonos a carcajadas. 

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