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lunes, 8 de mayo de 2017

Capítulo 8

Está armando las valijas y embalando las cosas para la mudanza. Valen pensó que sería más sencillo, pero el proceso la conmovió. Para ella, llegó la hora de desplegar las alas.


El lunes, cuando con mi amiga Maripi firmamos el contrato de alquiler, nos dieron las llaves del departamento. Ya éramos formalmente roommates e inquilinas de un bonito tres ambientes estilo francés en Recoleta. Acordamos que nos mudaríamos el viernes siguiente, así que solicité ese día libre en la agencia y el mismo martes empecé a meter mi ropa en un par de valijas y bolsos que me prestó mi mamá. También quería llevarme mis apuntes y fotocopias de la facu, así que pedí dos cajas en el súper chino de la cuadra. “Con esto tiene que alcanzar”, pensé. Pero me quedé corta: es increíble la cantidad de pavadas que una acumula en su placard. 
Mi hermana Natalia seguía mis movimientos tirada en su cama. “¿Te vas a llevar la planchita del pelo?”, preguntó. “Obvio”, le dije, “y también me llevo el secador”.
No voy a decir que lloró porque sería una mentira, pero juro que le vi una arruguita en el mentón, como si estuviera a punto de hacer un puchero. Nati estaba acostumbrada a usar mis cosas, incluso a estrenarlas sin permiso, y yo se lo permití con esa especie de actitud maternal que solemos tener las hermanas mayores, aunque la diferencia de edad entre nosotras sea mínima.
También yo he usado ropa de ella, para ser justa. Por ejemplo, voy a lamentar no contar más con sus botitas cortas texanas que pegan con vestidos y con chupines. Ojalá Maripi ponga a disposición mía su guardarropa: ese sí que es impresionante. Mi amiga viaja mucho con la familia y tiene ropa divina de marcas caras con las que yo solo puedo soñar.
Nati me vio sufrir con el embalado y se ofreció: “Voy hasta el chino y te traigo más cajas”. La miré y nos abrazamos. ¿A quién le importan las cajas? Esto es otra cosa: es amor genuino entre hermanas. “La sangre es más espesa que el agua”, dice un refrán. No importa cuánto nos hayamos peleado toda la vida por las muñecas, la ropa, el espacio en el placard, el desorden en el cuarto o, más importante, la atención de nuestros padres: el lazo entre nosotras el afectivo y el sanguíneo es indestructible. Voy a extrañar las charlas con la péndex de cama a cama…

HOLA, RECUERDOS
“Valen, también hay libros tuyos en la biblioteca”, me avisó mi mamá. Cuando ella estaba embarazada de mí, mi papá había comprado una enciclopedia en fascículos, pensando que yo la usaría en el colegio. Mi viejo iba al kiosco de diarios y retiraba un fascículo cada semana. Así armó la colección de ocho tomos que le llevó casi tres años completar. Cuando yo tenía un año y medio debieron internarme porque tuve crup, una enfermedad de las vías respiratorias que suele ser leve, pero que me pegó fuerte. Mis padres, que eran primerizos, sintieron que tener a su bebé en una clínica era una tragedia, así que no se despegaron de mí durante los días que estuve internada. La enfermedad no dejó secuelas en mi cuerpo, pero sí en la enciclopedia: faltan dos fascículos que mi papá, con tanta angustia, olvidó retirar del kiosco. Es un salto en el que se pierden casi todas las palabras que empiezan con J. Fue una suerte que para mis tareas del colegio contara con Internet, de lo contrario no habría podido investigar sobre las jirafas o sobre los jeroglíficos, por ejemplo.
En el estante debajo de la enciclopedia, están los libros infantiles. Ahí está la colección completa de Harry Potter y mi libro favorito: Mi planta de naranja lima. Recuerdo leerlo, releerlo ¡y siempre llorar con la historia! Lo saqué del estante y de entre las páginas cayó una foto de cuando Nati y yo éramos chiquitas y mi hermano, Facundo, era apenas un bebé.
Guardé el libro y la foto en una de las cajas, y la cerré con cinta scotch. Ya no soy una nena, pero el pasado también es parte de quien soy ahora, así que esos recuerdos se irán conmigo a mi nuevo hogar.



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