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lunes, 8 de mayo de 2017

Capítulo 14

¿Cómo que Luciano y Andy habían sido novios y estuvieron a punto de casarse? Valentina no puede creer esa historia y quiere conocer todos los detalles del pasado amoroso de sus dos jefes.


Me senté junto a la ventana y Cristian quedó frente a mí, de cara a la entrada del bodegón del gallego al que fuimos a almorzar a la vuelta de la agencia. “Los capos de la mafia nunca le damos la espalda a la puerta”, me dijo mi compañero de escritorio, imitando la voz de Marlon Brando en su personaje de Don Corleone, de la película El Padrino.
“Tenés suerte de que me guste el cine, Cristian. Otras chicas de la agencia no entenderían tu homenaje a Brando”, le respondí. Cristian se rio y sacudió la cabeza dándome la razón: “Es verdad. Me parece que deberíamos charlar más de otras cosas como esas y no de los chismes de la oficina que querés que te cuente”, agregó. Creo que me puse roja de la vergüenza. “No lo dije para que te sientas mal, Valen. Es una broma. Entiendo que quieras saber más sobre las internas de la agencia: a veces esa información puede ser vital para manejarse con Luciano y Andy. ¿Por dónde querés que empecemos?”, preguntó.

EL ANÁLISIS DE CRISTIAN
Yo quería ir directamente a la noticia que me había shockeado hacía un rato: que mi jefe galán y mi jefa bitch habían estado a punto de casarse. Pero intenté disimularlo atacando primero otra cuestión: qué pensaba él de Andy, que conmigo era una yegua. “Andy no es mala, es viva. Sabe con quién tiene que hacerse la dulce y a quién amargarle la vida. Lo mismo que hacemos todos, pero tal vez más zarpado. A veces me trata con respeto profesional y en otras me hace llevarle el café. Bueno, vos ya sabés que es autoritaria, además. Ella es dura y Luciano tiene otras armas: con nosotros es el amigo que viene a jugar al fútbol los lunes, y con las mujeres es el seductor, el sensible”, seguía Cristian, en una explicación que continuaba con un análisis casi psicológico de mis dos jefes. A mí el relato me llegaba como un eco de sílabas sueltas que no tenían ningún sentido, como si mis oídos fragmentaran las palabras hasta despojarlas de sus significados. Me había quedado detenida en el momento en que Cristian dijo que Luciano se hacía el seductor con las mujeres. Entonces, el histeriqueo no era solo conmigo. Yo no era nada especial para él, sino solo una chica como cualquier otra. Se hacía el seductor conmigo porque era su manera de ser. Y yo flasheé otra cosa. Amor, tal vez. Maripi, mi amiga, había caído en el mismo error cuando me dijo que Luciano moría por mí. Simplemente no era cierto.

SIN ANESTESIA
Vino el mozo, y los dos pedimos el plato del día: lentejas. Cristian dijo que estaba muerto de hambre y mientras llegaba la comida se bajó media panera untada con manteca. No paraba de hablar ni siquiera cuando tenía la boca llena. “Volviendo a Andy y Luciano, yo a él lo conocía de la facu porque era jefe de trabajos prácticos en una materia que cursé al final de la carrera. Las minitas morían por él, pero él no le daba bola a ninguna porque estaba de novio con Andy. Me dijo que se iba a casar cuando me convocó para trabajar como pasante en la agencia. Después me enteré de que cortaron poco antes del casamiento. Él estaba hecho percha. No parecía el mismo. Ella se fue a Estados Unidos por tres meses y volvió justo para la inauguración de la agencia. Un mes después pasó un tipo a buscarla por la oficina: era su nuevo novio. Me pareció una guachada exhibírselo así a Luciano. Pero, bueno, solo ellos saben lo que pasó”.

Llegaron las lentejas y, mientras soplaba una cucharada antes de llevármela a la boca, Cristian me preguntó sin anestesia: “¿A vos te gusta Luciano, no?”.

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