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lunes, 29 de mayo de 2017

Capítulo 20


Se pudrió todo: Juampi no retrocede ni un milímetro en su actitud y Valen no quiere poner distancia, pero…


Habían pasado dos días desde mi discusión con Juampi. Al principio no quería hablar con él y en mi cabeza manejé alternativas para evitarlo. Luego, cuando las horas avanzaban y no recibía de él ni siquiera un whatsapp, empecé a preocuparme. ¿Quién le pedía perdón al otro?
¿Debía llamarlo yo? ¿Para discutir o para reconciliarnos? ¿Realmente quería reconciliarme? 

NO SOS VOS NI SOY YO. 
SOMOS LOS DOS
La última pregunta era la más fácil de responder: sí quería estar bien con mi novio, pero… Había un “pero”, claro. Lo último que vi de Juampi fue desinterés por mis sentimientos ante el embarazo de mi hermana, agresividad hacia mi amiga, malos modos que no parecían propios de él. Obvio que todo eso me apartaba de mi novio porque era parte de un lado B totalmente desconocido para mí. Sin embargo, hacía casi siete años que estábamos juntos y no íbamos a tirar la pareja al tacho por la discusión de una noche.
Me llamó él. Intercambiamos un par de “hola” y luego Juampi me preguntó lo peor: “¿Ya se te pasó?”. 
A ver, repasemos qué podría significar ese ¿Ya se te pasó?”: que la noche en que discutimos me volví loca, que actué mal sin ningún motivo, que estaba histérica, que toda la culpa de nuestra pelea era mía, en definitiva. Yo esperaba que mi novio hubiera recapacitado, pero él tiró más leña al fuego con esa pregunta.  
Quedé muda. Preferí callar para no decir algo de lo que pudiera arrepentirme. Entonces, él siguió: “Reaccionaste mal por una pavada, Valentina, y ni siquiera te tomaste la molestia de llamarme para disculparte”.

HOLA, EXTRAÑO
What? Esto sí que no me lo esperaba. Mi boca se puso en movimiento sola, como si le hubiera declarado la independencia a mi cerebro. Tal vez era mi corazón el que estaba dominando las palabras y fue como si yo me enterara de lo que estaba hablando al mismo tiempo que Juampi. Dije: “Mejor tomémonos un tiempo. Necesito saber qué me pasa realmente con esta relación”. 
“Okay”, respondió él con un tono seco. “Si es lo que querés, Valentina, separémonos por un tiempo”.
“Valentina” no es lo mismo que “Valen”. Siempre fui “Valen” para él. Decirme “Valentina” fue marcar una distancia, pero no lo culpo: yo había propuesto el impasse.
“Creo que las cosas no están bien y que tenemos que pensar en lo que pasó y en por qué pasó, Juampi”. En esa frase sí participó mi cerebro, que volvía a trabajar en conjunto con mi corazón. Yo sentía y pensaba realmente que si ese era el nuevo Juan Pablo, no era la persona con la que yo quería estar, que para mí era Juampi, el centrado, el amoroso, el chico que aman sus jefes y mis padres. ¿Y que amo yo también? 
“Vayamos viendo”, dijo él. Y cortó la llamada. 

lunes, 8 de mayo de 2017

Capítulo 19

Valen enfrenta dos tormentas al mismo tiempo: la pelea con su novio y el embarazo de su hermana menor. Pero aparece Luciano, su jefe, que le cambia el humor y despeja las nubes. 


A la mañana le mandé un whatsapp a Natalia para saber cómo habían recibido mis viejos la noticia de su embarazo, pero no tuve noticias suyas hasta varias horas después.
En el medio, muerta de ansiedad, llamé a mi mamá y, oh sorpresa, ¡me habló como si no hubiera pasado nada! Era obvio que Nati no le había contado sobre el bebé y yo tuve que morderme la lengua para no sacar el tema.

AUTÓMATA MODE ON
Juampi, después de la escena de gritos y llantos de la noche anterior, tampoco daba señales de vida. 
Estuve tan distraída toda la mañana que llegué bien al trabajo, aunque todavía no recuerdo en qué momento me bajé del colectivo y caminé hasta la agencia. 
Luciano, mi jefe, debe haber notado mi preocupación, y se acercó: “Ayer te noté nerviosa toda la tarde. Hoy tenés una cara lamentable”, me dijo. “Aaah, bueno. Gracias por el piropo”, le respondí. Él se rio y me apoyó su dedo índice en la frente: “Al menos todavía hay algo de sentido del humor en este planeta. Si necesitás hablar con alguien sobre lo que te pasa, podés contar con mi oreja. Y con el resto de mí, también”. Me guiñó un ojo y volvió a su escritorio.

ALL YOU NEED IS HISTERIQUEO
Me quedé sonriendo sola, frente al monitor de la compu, y ese gesto me permitió volver a mi eje. No había razones para angustiarme por la ausencia virtual de mi novio o porque mi hermana no les hubiera contado a mis viejos que estaba embarazada de un tipo casado. No soy una superwoman y tengo que dejar de hacerme un dramón por las decisiones ajenas.
De pronto no había ni rastros del dolor de cabeza que me había atormentado desde la noche. Las palabras de Luciano habían sido terapéuticas, pero no quise analizar por qué su histeriqueo me hacía bien.
Finalmente hablé con mi hermana y me confirmó lo que yo suponía: no les había contado a mis viejos nada sobre el embarazo porque quería hacerlo en un “mejor momento”. 
“Sos naba, eh. Mirá si se me escapaba por accidente cuando hoy hablé con mamá, pensando que ella ya sabía”, le recriminé. Nati respondió con una naturalidad sorprendente: “Si se lo hubieras dicho por accidente, yo no habría tenido más remedio que blanquearlo, pero prefiero esperar hasta que vea al médico que me recomendó Maripi. Tal vez todo el asunto del positivo del evatest sea una falsa alarma. No tiene sentido armar tanto bardo sin estar segura”, dijo ella. 

Natalia tenía razón: me aferré a esa pequeña posibilidad del “falso positivo” como si fuera la tabla de salvación de Rose, el personaje de Kate Winslet, en el naufragio del Titanic. 

Capítulo 18

Valen tiene uno de esos días que no se le desean ni al peor enemigo: el embarazo de su hermana menor y, ahora, Juampi, su novio, le revela una faceta indeseable.


En cuanto Nati se fue de casa, me derrumbé en el sillón, con la vista fija en la punta de mis botas. Maripi preparó dos tés y los tomamos sin decir una palabra.
Al rato entró un mensaje de Juampi, que no tenía idea de lo que había pasado durante el día y estaba camino a mi depto. “Vení que tengo que darte una noticia”, le anticipé. “Tirame el título”, pidió él, pero le dije que tenía que esperar porque no era fácil contarlo por WhatsApp.
Llegó antes de lo que yo esperaba. Una de dos: o estaba realmente cerca de mi casa cuando me escribió o voló atraído por la curiosidad. 
Me miró con ojos desorbitados y quiso adivinar lo que yo tenía para anunciarle:
–¿Estás em…barazada?
–No, yo no. Nati.
–Ah, ¡menos mal! Me asustaste con esa cara de velorio.
Dijo eso y soltó una carcajada mezclada con un resoplido de alivio. 
Me descolocó. En el pecho se me formó una bola de fuego. El calor de la bronca me subió por la garganta, me llegó a la boca y exploté: “¡Sos un idiota!”. Corrí a mi cuarto y me encerré. 

¡LO QUE FALTABA!
Me senté en el piso, abracé mis rodillas y hundí en ellas mi cabeza, con la espalda contra la puerta. Juampi golpeaba y pedía que le abriera, decía que no entendía mi reacción, que no había querido ofenderme. “Esto es una locura, Valen. ¿Qué te picó?”. Pero yo estaba bañada en lágrimas y tampoco tenía muy claro qué me había afectado tanto. ¿Su falta de sensibilidad con el drama de Nati? ¿Su evidente alivio porque no tendríamos un bebé? ¿O una mezcla de las dos cosas?
Después de un rato largo en el que yo no abrí la boca, y mi novio permaneció del otro lado repitiendo “Valen, Valen, Valen”, Maripi le susurró: “Me parece que metiste la pata y que no va a salir. Hoy fue un mal día para Valen y está sensible”.
“¿Y vos qué te metés?”, le respondió él, con un tono agresivo desconocido, “¿No tenés nada mejor que hacer?”. Ahí sí me puse loca: sin abrir la puerta, le pedí que se fuera. Maripi había sido mi sostén y él no tenía derecho a tratarla así. Me extrañó de Juampi: es un pibe ubicado y respetuoso. Fue justamente eso lo que me enamoró de él cuando lo conocí, hace más de seis años, y me ofreció su campera al salir de un boliche.

DR. JEKYLL Y MR. HYDE
Antes de irse de mi casa, se despidió: “Chau, llamame cuando se te pase”.
Maripi me avisó que ya podía salir, pero le dije que no tenía ganas de hablar. 
Repasé lo que había vivido
en menos de 24 horas. ¡Todo era una locura! Mi hermana menor me había dicho que estaba embarazada, que el papá no era su novio, sino un tipo casado que no se haría cargo, mi novio casi se había burlado de la situación, ¡y encima había mostrado una faceta agresiva totalmente inesperada! Era la una de la madrugada, y seguramente mi hermana ya habría hablado de su embarazo con mis viejos. Me angustiaba lo que estarían sintiendo Nati, mi mamá, mi papá…

Apagué la luz y me fui a dormir con un dolor de cabeza espantoso.

Capítulo 17

Su hermana está embarazada y Valen no sale del shock. Piensa en el futuro de Nati, y también en el padre del bebé, a quien quiere conocer, aunque no para felicitarlo, precisamente.


En otro momento de nuestras vidas, una noticia como esa nos habría hecho felices. Pero mi hermana y yo estábamos abrazadas en un rincón del bar, llorando a mares, y no era precisamente de felicidad.
Nati estaba embarazada y el papá del bebé no era su novio, sino un tipo grande y casado a quien solo ella conocía y que tampoco quería hacerse cargo de la situación.
Yo pretendía consolarla y, a la vez, retarla desde mi lugar de hermana mayor. No entendía por qué no se había cuidado al tener relaciones con alguien que ni siquiera era su pareja. “Soy una estúpida. Dejé las pastillas porque mis amigas me dijeron que producen celulitis”, explicó Natalia. WHAT? “Nati, tendrías que habérselo consultado a un médico. Un delirio lo que me decís”, le respondí. 

DECISIONES DIFÍCILES
No era un tema para seguir hablando en el bar. Le propuse que viniera a casa y aceptó. Maripi nos llevó en su auto y, una vez que llegamos al depto, se metió en su dormitorio para que Nati y yo pudiéramos hablar tranquilas en el living. 
Ahora mi hermana parecía más tranquila que cuando nos encontramos. No sé lo que ella esperaba que le dijera, y yo no sabía muy bien cómo manejar el tema. “Antes de que lo preguntes, mi respuesta es que sí, que voy a tener el bebé”, aclaró, y me dejó con la boca abierta. 

–¿Y cómo se lo vas a decir a los viejos? Mamá se desesperó en esas horas en que no supimos nada de vos. No podés volver a casa como si no hubiera pasado nada.
–Les voy a contar la verdad, Valen. No voy a ocultarles algo que en tres meses se me va a notar por sí mismo en cuanto avance el embarazo. 

Para mis padres, como para mí misma, Natalia todavía era una adolescente, aunque ya estuviera en la facultad. Y era obvio que para ellos la noticia (relación clandestina con un tipo mayor + embarazo) iba a ser durísima. 
Buscamos en Internet la cartilla de la prepaga para ver a qué obstetra podía consultar. Maripi recomendó un médico amigo de su familia, y Nati guardó un papelito con el número de teléfono que le dio mi amiga.

ALGO HAY QUE HACER
Después, pedimos una pizza y tratamos de hablar de otras cosas, como para aliviar la presión que el tema nos había dejado en la garganta, en el pecho, en la cabeza. 
 “Si querés dormir acá, quedate. Te dejo mi cuarto”, le ofrecí cuando terminamos de comer. Ella prefirió irse a su casa, la de mi familia, para hablar con mis viejos esa misma noche. Maripi propuso llevarla en el auto. “No hace falta, no estoy enferma. Solo estoy un poquito embarazada”, se rio Nati. Era la primera vez que la veía sonreír desde que nos habíamos encontrado a la tarde. Se le iluminó la cara y yo volví a ver en ese gesto a mi hermana menor, la más traviesa del mundo, la que me usaba y arruinaba la ropa, la que escucha bandas de rock barrial o se toma sola una botella de cerveza. 

“Va a ser madre. Mi hermanita va a tener un hijo”, repetía yo en mi cabeza, como para convencerme de que lo que estaba pasando era real. Hubiera querido volver el tiempo atrás y evitarle todo esto a Nati y a mis viejos. Y también quería ir a encarar al tal Mario, el padre del bebé, y darle una paliza por usarla y abandonarla. Maripi me leyó la mente. “Tenemos que averiguar todo sobre esa basura”, me dijo mientras levantaba los platos.

Capítulo 16

La hermana de Valen reaparece, y acuerdan encontrarse para que le cuente la difícil situación que enfrenta, que marcará un antes y un después en la vida de Nati.


Temblando, llamé a Maripi. “Nati está mal. Estuvo borrada desde anoche y recién ahora da señales de vida. No me quiso contar por teléfono lo que pasó, pero voy a encontrarme con ella a la tarde”. “Tranquila, voy con vos”, respondió mi amiga, sin que yo tuviera que pedírselo. 
Maripi pasó a buscarme por la agencia y fuimos juntas hasta un bar cercano donde Nati, mi hermana, me esperaba sentada al fondo del salón, cerca de la cocina y detrás de una palmerita artificial llena de polvo. Maripi se ubicó en otra mesa, y saludó a Nati desde lejos, para no invadir lo que sería una confesión entre hermanas. Nati le respondió con una sonrisa de costado, casi como una mueca. Parecía otra persona. Es decir, tenía el mismo pelo castaño larguísimo y bien lacio de siempre, con un flequillo que a veces le tapa los ojos y otras veces trepa por la frente con estilo rollinga, el piercing plateado en la nariz que casi le provoca un infarto a mi viejo, los labios gruesos que me habría gustado tener. Lo que estaba diferente en ella no era nada que pudiera denominarse como “señas particulares”. Lo que no parecía propio de Nati era la actitud: estaba abatida, pálida, con las comisuras de los labios curvadas hacia abajo, los ojos rojos de haber llorado, los hombros caídos.
Me incliné para abrazarla sin que ella tuviera que pararse. Hundió la cabeza en mi cuello, como si quisiera sumergirse en mi pelo. El cuerpo se le sacudía con un llanto silencioso. 

LA CRUDA VERDAD
Me senté a su lado y no le dije nada, esperando que fuera ella quien hablara cuando pudiera. Tardó un rato en pronunciar estas palabras: “Estoy jodida. Esta vez sí que me cagué la vida”. Volvió a llorar y le apreté las manos. 
Le pregunté si quería tomar algo y negó con la cabeza. En la mesa había una Sprite por la mitad. Me pedí un cortado. Nati no se animaba a mirarme a los ojos cuando siguió con su relato: “Desde hace tres meses estoy saliendo con un tipo que vino a dar un seminario a la facu. Sí, ya sé: Gonza no se lo merece. Soy una estúpida”, dijo. Gonzalo es su novio. Un chico medio vago con el que salen en grupo a tomar cervezas, a escuchar bandas de rock chabón y a fumar. Aunque están juntos desde hace un año, no me parecía una relación importante, pero tampoco tan liviana como para salir al mismo tiempo con otro. “El tipo se llama Mario. Una noche se ofreció a acercarme a casa, nos quedamos charlando y hubo onda, pero no pasó nada. Me mandaba whatsapps con cosas graciosas o links de textos que quería que yo leyera. Me fui enganchando y nos íbamos juntos de la facultad dos veces por semana. Yo notaba que había algo raro, pero pensé que era solo porque él es mayor y yo una pendeja. A veces estaba retierno y otras me trataba menos diez”.

“¿Te lastimó?”, la interrumpí. “No, pero un poco me psicopateó y me hizo sentir inferior, porque él es reintelectual y se burla de mi falta de mundo. Pero todo eso no es lo peor, Valen: Mario es casado.
Y yo estoy embarazada”
.

Capítulo 15

Cristian, su compañero de trabajo, sospecha que pasa algo entre ella y Luciano. Pero eso no es lo peor: también hay noticias inquietantes sobre Natalia, la hermana de Valen.


Cristian acababa de preguntarme a boca de jarro si a mí me gustaba Luciano, nuestro jefe. Haberme expuesto así ante él había sido mi culpa: yo lo había arrastrado a comer conmigo al bodegón de la esquina solo para que me contara con detalles la relación entre Luciano y Andy, mi jefa malvada. Hasta ese día, yo no sabía que habían estado a punto de casarse. La noticia (vieja, pero nueva para mí) me había pegado como una patada de mil voltios. Ahora, en una milésima de segundo, tenía que acomodar mi cara para que Cristian no leyera en mis gestos ni dudas ni mentiras cuando le respondiera si Luciano me gustaba o no.
–Está bueno como tipo, no lo voy a negar, pero yo tengo…
–…novio. Sí, ya sé. Tirás la pelota afuera, Valen. Yo te pregunté si te gusta Luciano.
–Y te respondí que es lindo.
–No era una consulta estética. Me parece que algo pasa entre ustedes. Veo las miradas, las sonrisitas. Vamos, Valen, me siento a un metro de vos y veo todo lo que pasa ahí.
–¡Cómo sos, eh! Vos mismo dijiste hace cinco minutos que Luciano juega al seductor con todas las chicas. Es eso: hay un histeriqueo sin consecuencias.
Cristian me puso cara de “no te creo nada” y de postre se pidió el flan con crema que venía con el menú. Yo me tomé un cortado. Sentía una mezcla de vergüenza y cierta excitación porque Cristian había dicho que veía algo especial entre Luciano y yo. Entonces, que mi jefe me tira los galgos no es una fantasía mía o de mi amiga Maripi.

MALAS NOTICIAS
Al volver a la agencia, la recepcionista me avisó que mi mamá había llamado y que sonaba alterada. Miré el celular: tenía tres llamadas perdidas de mi vieja. Le respondí el llamado, sorprendida por su urgencia. 
–Hola, ma. ¿Pasó algo?
–Sí. No quise molestarte antes porque esperaba que ella estuviera con alguna de sus amigas, pero estoy preocupada porque Natalia no aparece.
Natalia es dos años menor que yo. De los tres hermanos (ella, Facundo y yo) es la más bardera. Lo que tiene de divertida lo tiene de vaga, y vive desafiando a mis padres. En el secundario tuvo mil problemas y en la facultad viene para atrás. A mí siempre me volvió loca como compañera de cuarto, y esa fue una de las razones por las que me alquilé un depto junto a Maripi y me fui de la casa de mis viejos.
Nerviosa, mi mamá me explicó que Natalia había salido el domingo a la tarde a preparar un parcial a la casa de una compañera a quien nadie conoce. Ahora que ya había pasado el mediodía del lunes, seguía sin aparecer. Mi vieja había hablado con sus amigas y le decían que se tranquilizara, que tal vez Nati había ido directo a la facultad, sin pasar por la casa de mis viejos. 
Le mandé un WhatsApp a Nati: “Mamá está desesperada. ¿Dónde te metiste?”. Luego mandé otro, con cierta culpa: “¿Estás bien?”. Respondió a los cinco minutos: “Estoy bien, pero me mandé cualquiera. Ahora hablo con mamá”. 

La llamé al celular, muerta de nervios, pero saltó el contestador automático de Nati. El tiempo que pasó desde ese momento hasta que logré tenerla frente a frente fue una eternidad, una tortura. Pero peor fue cuando supe qué era lo que le pasaba a mi hermana… 

Capítulo 14

¿Cómo que Luciano y Andy habían sido novios y estuvieron a punto de casarse? Valentina no puede creer esa historia y quiere conocer todos los detalles del pasado amoroso de sus dos jefes.


Me senté junto a la ventana y Cristian quedó frente a mí, de cara a la entrada del bodegón del gallego al que fuimos a almorzar a la vuelta de la agencia. “Los capos de la mafia nunca le damos la espalda a la puerta”, me dijo mi compañero de escritorio, imitando la voz de Marlon Brando en su personaje de Don Corleone, de la película El Padrino.
“Tenés suerte de que me guste el cine, Cristian. Otras chicas de la agencia no entenderían tu homenaje a Brando”, le respondí. Cristian se rio y sacudió la cabeza dándome la razón: “Es verdad. Me parece que deberíamos charlar más de otras cosas como esas y no de los chismes de la oficina que querés que te cuente”, agregó. Creo que me puse roja de la vergüenza. “No lo dije para que te sientas mal, Valen. Es una broma. Entiendo que quieras saber más sobre las internas de la agencia: a veces esa información puede ser vital para manejarse con Luciano y Andy. ¿Por dónde querés que empecemos?”, preguntó.

EL ANÁLISIS DE CRISTIAN
Yo quería ir directamente a la noticia que me había shockeado hacía un rato: que mi jefe galán y mi jefa bitch habían estado a punto de casarse. Pero intenté disimularlo atacando primero otra cuestión: qué pensaba él de Andy, que conmigo era una yegua. “Andy no es mala, es viva. Sabe con quién tiene que hacerse la dulce y a quién amargarle la vida. Lo mismo que hacemos todos, pero tal vez más zarpado. A veces me trata con respeto profesional y en otras me hace llevarle el café. Bueno, vos ya sabés que es autoritaria, además. Ella es dura y Luciano tiene otras armas: con nosotros es el amigo que viene a jugar al fútbol los lunes, y con las mujeres es el seductor, el sensible”, seguía Cristian, en una explicación que continuaba con un análisis casi psicológico de mis dos jefes. A mí el relato me llegaba como un eco de sílabas sueltas que no tenían ningún sentido, como si mis oídos fragmentaran las palabras hasta despojarlas de sus significados. Me había quedado detenida en el momento en que Cristian dijo que Luciano se hacía el seductor con las mujeres. Entonces, el histeriqueo no era solo conmigo. Yo no era nada especial para él, sino solo una chica como cualquier otra. Se hacía el seductor conmigo porque era su manera de ser. Y yo flasheé otra cosa. Amor, tal vez. Maripi, mi amiga, había caído en el mismo error cuando me dijo que Luciano moría por mí. Simplemente no era cierto.

SIN ANESTESIA
Vino el mozo, y los dos pedimos el plato del día: lentejas. Cristian dijo que estaba muerto de hambre y mientras llegaba la comida se bajó media panera untada con manteca. No paraba de hablar ni siquiera cuando tenía la boca llena. “Volviendo a Andy y Luciano, yo a él lo conocía de la facu porque era jefe de trabajos prácticos en una materia que cursé al final de la carrera. Las minitas morían por él, pero él no le daba bola a ninguna porque estaba de novio con Andy. Me dijo que se iba a casar cuando me convocó para trabajar como pasante en la agencia. Después me enteré de que cortaron poco antes del casamiento. Él estaba hecho percha. No parecía el mismo. Ella se fue a Estados Unidos por tres meses y volvió justo para la inauguración de la agencia. Un mes después pasó un tipo a buscarla por la oficina: era su nuevo novio. Me pareció una guachada exhibírselo así a Luciano. Pero, bueno, solo ellos saben lo que pasó”.

Llegaron las lentejas y, mientras soplaba una cucharada antes de llevármela a la boca, Cristian me preguntó sin anestesia: “¿A vos te gusta Luciano, no?”.

Capítulo 13

Valentina se entera de un culebrón que le vuela la cabeza. Sabía que Andy, su jefa, la detestaba, pero no contaba con los datos que le revela un compañero de trabajo y que podrían explicar la causa de esa relación tan tirante. 


Andy, mi jefa, llegó a la oficina envuelta en sus propias risotadas. Antes de que entrara, ya se escuchaba el revuelo que estaba armando por las escaleras del viejo edificio de San Telmo donde está la agencia. “Hola, chicosss”, dijo en voz bien alta. Se notaba que había tenido un fin de semana fabuloso, porque de lo contrario no se entendía que tuviera el ánimo así de up un lunes a las 10 de la mañana.
“Ah, contamos con el honor de tener con nosotros a Valentina, ex ‘número dos’, que se mudó de la casa de los papis”, dijo, mirándome. Lo de “número dos” ya había sido un tema de debate: cuando entré a trabajar a la agencia, Andy me dijo que me iba a llamar así, “número dos”, porque ya había otra Valentina en el equipo, y yo sería la segunda. Fue mi otro jefe, Luciano, el que le recordó que “número dos” tiene que ver con el popó y que era ofensivo. Así que acordamos que yo sería Valentina y la otra chica sería Valen. Pero a Andy le encanta rebajarme en público, evidentemente, por eso volvió con el seudónimo ofensivo. ¿Y “casa de los papis”? ¡Por Dios! Solo otra provocación y un pase de facturas porque me había tomado el viernes de franco para mudarme.

SONRISAS FALSAS
Le sonreí, y entre mis dientes quedó apretada la palabra “bitch” que se merecía. Creo que si me hubiera agarrado tos en ese momento, la palabra habría salido volando como un grito para estamparse contra la cara de Andy. 
“Nena, ¿hiciste los llamados que te pedí?”, me preguntó. Ella me había dejado el monitor de la compu lleno de post-its con los números a los que tenía que llamar en cuanto llegara, y yo había cumplido la orden. 
“Sí, llamé a todos, pero era muy temprano para encontrar en sus oficinas a las editoras de revistas con las que tenía que comunicarme. En la mitad de los casos me pidieron que volviera a llamar después del mediodía”, le expliqué. 
“Okay, Valentina. Que ni se te ocurra colgarte con eso. Quiero que todas las editoras vayan al evento del perfume”, respondió.
Cuando estudié Comunicación Social, no pensé que terminaría haciendo llamados a gente de los medios para que fueran a un evento, pero ahí estoy yo, agradecida por tener laburo y, de paso, poder relacionarme con gente de las revistas, los diarios y los canales en los que me gustaría trabajar algún día.

¿Y ESTA NOVELA?
“Hola, Luchito”, Andy saludó a Luciano, y le tiró un beso en el aire. Crucé miradas con Cristian, mi compañero de escritorio. “Qué falsa es Andy. Si es evidente que ella y Luciano se detestan…”, le dije, susurrando, para que nadie nos oyera. 
Cristian se acercó a mí arrastrando su silla con rueditas y me tiró un balde de agua fría: “Lo que pasa es que a vos te faltan algunos capítulos de la novela, Valen. Hace un tiempo, Luciano y Andy eran pareja. Abrieron juntos la agencia cuando iban a casarse. Pero se pelearon y no hubo casamiento. Siguieron siendo socios y tienen una relación de amor-odio muy intensa. Increíble, ¿no?”. 
Yo no podía creer lo que oía. ¿Cómo pude no haberme dado cuenta de lo que pasaba entre Luciano y Andy? ¿Andy me detesta porque notó que Luciano me coquetea? ¿O me trata mal porque no quiere que crezca profesionalmente? 
Le pregunté a Cristian: “¿Hoy te trajiste el tupper o podemos ir a comer al bar del gallego de la esquina? Quiero que me cuentes más sobre la novela de Luciano y Andy”
Mi compañero se rió y me dijo: “Ahora resulta que soy tu Netflix, jajaja. Dale, vamos a comer y te cuento la novela desde el capítulo uno”

Agarré la cartera y salimos juntos a la calle. 

Capítulo 12

Un paso adelante y dos atrás. Así es hoy la vida amorosa de Valen. De regreso en el trabajo, Luciano se le acerca y le mueve el piso. Maripi aparece para calmar su ansiedad y darle el consejo justo.


El domingo a la noche puse el despertador y programé la alarma del celular, para que nada fallara al día siguiente. El lunes iría por primera vez al trabajo desde mi nueva casa y no tenía idea de cuánto podía llevarme el viaje en una línea de colectivos que nunca había tomado. Preferí despertarme bien temprano y ser previsora.
Me levanté con la energía a full. Tomé el café y me devoré dos tostadas mientras iba de la cocina al baño y del baño a mi cuarto con los auriculares puestos para no despertar a Maripi con la playlist “Pilas Cosmo” de Spotify al mango. Antes de salir, me asomé a su cuarto para despedirme. Ella estaba recontradormida, toda despatarrada, y tenía el piso de la habitación cubierto de ropa y zapatos. ¡Nos habíamos mudado tres días antes y ya había desordenado todo! Increíble. Le dejé una notita: “Me voy a laburar. Cuando te despiertes, llamame”.

DANGER ZONE
Llegué a la agencia casi una hora antes de mi horario habitual. “¿Qué pasó, Valen? ¿Te caíste de la cama?”, me dijo la recepcionista. Me mató la obviedad de su saludo, pero le sonreí como si lo suyo fuera una genialidad. Estaba contenta de entrar temprano porque iba a poder adelantar el trabajo que tenía pendiente estando sola en la oficina… Pero resultó que mi jefe, Luciano, ya estaba en su escritorio. Lo saludé con la mano en alto, desde lejos, tipo Reina de la Vendimia, y me quedé pensando en las palabras de Maripi, mi amiga: “Es evidente que tu jefe está muerto de amor por vos”. 
Encendí la compu, colgué la campera y guardé los auriculares en la mochila. El monitor de mi compu estaba lleno de post-its fucsias de Andy, mi otra jefa, que desde mi primer día en la agencia me tira mala onda. Los papelitos tenían indicaciones de llamados que debía hacer antes del mediodía. Mientras los despegaba de la pantalla, vi que Luciano caminaba hacia mí. 

FRENTE A FRENTE
“¿Qué tal el nuevo depto? ¿Ya tienen todo ordenado?”,  me preguntó. El viernes él había caído de sopetón en casa a la noche, cuando con Maripi todavía vaciábamos cajas en el medio del living. Según mi amiga, había venido solo para verme mí, a pesar de que sabía que también estaría Juampi, mi novio. Luciano había cruzado la barrera de mi vida personal al presentarse el mismo día de la mudanza y ahora estábamos en un terreno en el que él tenía más poder que yo: el del trabajo. La situación me incomodaba.
Me entretuve contándole cosas triviales, como lo de las prostitutas que vivían en el departamento antes que nosotras y que dejaron abandonados a sus clientes, y el enchastre que armó Maripi usando la sopapa, y nos divertimos con eso. Pero un rato después se hizo un silencio, y me pareció que me miraba con dulzura. Tenía que pensar rápido en una manera de pasar a otro tema para descomprimir y salir del paso, cualquier cosa. Me salvó Maripi al llamarme por teléfono, como le había pedido antes de irme.
Atendí, Luciano hizo en el aire un rulito con la mano, un gesto que interpreté como “después seguimos”, y moví la cabeza para asentir. 

Por supuesto, enseguida le conté toda la situación a Maripi casi en un susurro, y ella, que detectó mi nerviosismo y cierta angustia, me dijo: “Si te ponés así, es porque algo te pasa con él, Valen. Sé honesta con tus sentimientos y tus deseos. Yo sé que ahora estás bien con Juan, pero no podés negar que Luciano te atrae. No te cierres a la posibilidad de que te guste otro hombre en tu vida además de tu novio de la adolescencia”. Tenía razón. Con ese planteo mi amiga me demostró que, si bien su cuarto es un caos, en su mente todo parece estar en el lugar correcto. 

Capítulo 11

Valen y Maripi creían que independizarse de los padres les proporcionaría libertad para salir sin dar explicaciones y divertirse como locas. Por ahora solo hicieron realidad la segunda parte, aunque la diversión llegó de una manera inesperada.


Después de vivir siempre con nuestras familias, Maripi y yo nos enfrentamos con una novedad: volverse independiente no es solo liberarse del control de los padres para volver del boliche a la hora que quieras o invitar amigos todas las noches. Hay un montón de asuntos en los que no pensás cuando hay alguien que se encarga de ellos por vos. Por ejemplo: ¿quién es el responsable de que en tu casa haya curitas, bombitas de luz, tijeras, papel higiénico, orégano, cubeteras, plumero y una sopapa de goma para destapar los desagües? ¡Tus viejos! Vos, con sueldo de hija pagás ropa, algo de comida, bebida, adornos para tu cuarto, libros… ¡No te comprás un rallador o un termómetro! 
Bueno, al departamento que empezábamos a compartir Maripi y yo le faltaban esos elementos. 
El sábado a la tarde, después de nuestra gira de compras por el barrio, volvimos agotadas. Tanto, que no teníamos ganas de salir a la noche. Mientras Maripi le daba con la sopapa al desagüe de la bañera, yo le cambiaba el cable al teléfono fijo, porque parecía que los inquilinos anteriores lo habían arrancado de la pared.
Un rato después, estábamos las dos en piyama en el sillón del living, recién bañadas, con los pelos mojados y sin la menor intención de hacernos el brushing o de maquillarnos para ir a tomar algo. Eran las ocho de la noche, la segunda de nuestra vida independiente, y en cualquier momento llegaría mi novio, con la intención de pasarme a buscar para ir a comer a Palermo. Mi cabeza decía “sí, claro que voy a salir a divertirme”. Mi cuerpo le respondía “de ninguna manera”.

LA LLAMADA
El teléfono sonó con un ruido espantoso y las dos pegamos un salto. Adictas al celular, no le habíamos dado el número de la línea fija a nadie. 
Atendí yo, y respondió la voz de un hombre:
–Maga, estoy caliente y quiero que me hagas acabar.
–¿Qué Maga? ¡Asqueroso! 
Corté de un golpe. Apenas cinco minutos después, el teléfono volvió a sonar, y se oyó la voz de otro tipo.
–Maga, hoy esperame desnudita y con los chiches. Mirá que volví de viaje y quiero el completo.
Tomé aire y apelé a mi vocación periodística. Le pregunté quién era y, obviamente, quién era Maga. El tipo dudó y cambió los jadeos de macho alzado por una voz temerosa. Resulta que mi nuevo hogar había sido antes el departamento de unas chicas que se dedicaban a la prostitución. Maga era una de ellas, una dominicana que, por lo que me dijo el tipo del teléfono, era una bomba sexual. 
Lo llamé al portero para que me explicara mejor los antecedentes del depto. Se rio un rato y me confesó: “Hace años que por tu casa pasaban chicas de todos lados. Tienen que cambiar la línea de teléfono, porque las van a volver locas los clientes que no sepan que las pibas se mudaron hace dos meses”. 
Maripi no paraba de hacer chistes con la historia de los clientes cachondos y abandonados. Al que no le causó tanta gracia el relato fue a Juampi, que puso cara de horror cuando le conté todo. “Hay que desconectar el teléfono hasta que cambien de línea. ¡Y pongan un portero eléctrico con visor! Además, ahora entiendo por qué los muebles de la cocina eran un desastre y el horno no funcionaba. Acá nadie cocinaba, ¡era un quilombo!”. 

“Aflojá con el drama”, se burló Maripi, que anunció que escribiría una novela llamada “Esperame desnudita” y que, si el libro no funcionaba, probaría suerte atendiendo a los clientes de Maga. Terminamos los tres riéndonos a carcajadas. 

Capítulo 10

What? ¿Luciano está enamorado de Valen? ¡Paren todo! Suerte que cuando el mundo de ella se sacude, cuenta con una amiga que la apoya.


El sábado a la mañana nos despertamos cerca del mediodía. Se nota que Maripi y yo estábamos agotadas después de mudarnos a nuestra nueva casa. Juan, que se había quedado a dormir conmigo, se ofreció para ir a comprar medialunas para el desayuno, así que yo aproveché para hablar a solas con mi amiga.
“Fue un shock que viniera Luciano. Vos sabés que prefiero no mezclar mi laburo con mi vida privada”, le dije a Maripi, enojada porque había invitado a mi jefe a venir al depto la noche anterior. Ella aseguró que había sido él quien se ofreció a visitarnos, que no lo había invitado. Entonces, hizo un silencio, como si dudara entre contarme o no contarme algo, y finalmente habló: “Anoche, cuando Juan y vos se fueron a dormir, me quedé charlando un rato largo con Luciano. Él no lo dijo, pero por cómo habla de vos, es evidente que tu jefe está muerto de amor. No vino por mí. Vino por vos, Valen”.
Maripi se me quedó mirando después de decir eso, pero yo estaba muda y no podía articular ni una palabra. “Pensé que le gustabas vos”, dije como en un susurro. “Luciano miró todas las fotos tuyas y de tu familia que dejaste arriba de las cajas. Preguntó qué cosas eran mías y cuáles eran tuyas. Era obvio que las mías no eran las que le interesaban”, me contó. 

MOMENTO ¡CHAN!
El ruido de la llave en la cerradura nos sobresaltó. Juampi entró con las medialunas y se hizo el enojado porque ninguna de las dos había preparado café, té, mate o algo para desayunar. 
“Por favor, no hablemos ahora de este tema”, le rogué a Maripi mientras abría el paquete de las facturas y yo llenaba la tetera. Lo de Luciano no era algo sobre lo que quería charlar mientras mi novio estaba sentado en el living.
Resulta que yo no había estado equivocada. Las señales que había captado eran correctas: Luciano sí me histeriqueaba en la oficina. Igual, lo tenía clarísimo: el lunes iba a actuar como si no supiera nada. No porque Luciano no me gustara, ¡ay!, pero estaba bien con Juan y tampoco quería complicaciones en el laburo.
“¿Y? ¿Tu galán no se quedó a dormir?”, le tiró Juan a Maripi, refiriéndose a Luciano. “Nah, we are just friends”, le respondió ella, y cambió de tema en solidaridad conmigo.

TIPO NAAA
Juampi no se quedó a almorzar porque le había prometido a su mamá ayudarla con cosas de su casa. Mi suegra me conoce hace años porque Juan y yo somos novios desde la adolescencia, pero no logra superar los celos hacia mí. Parece de manual: si él me dedica atención porque me mudo, ella también lo necesita por temas domésticos. En fin… Lo despedí en la escalera con un largo beso y quedamos en reencontrarnos a la noche.
Una vez que estuvimos solas, Maripi propuso que fuéramos a recorrer el barrio. Me pareció un plan fantástico. 
“Tenemos que ver cuál es el mejor delivery de comida de la zona”, se reía. “Dale, hagamos un mapa de Recoleta by Maripi y Valen. Bares, cajeros automáticos, laverraps, ferreterías, carnicerías…”. Maripi me interrumpió: “Dijiste ‘ferreterías’. ¿Quién sos, Valen? ¿Súper Mario Bros?”, me preguntó. Nos reímos a carcajadas y salimos a explorar la cuadra. 

En la puerta de un Starbucks nos encontramos con Connie, amiga de la infancia de Maripi y tan concheta como ella. Hablaron un rato en idioma “papa-en-la-boca”. Me llegaban nombres propios sueltos, como si fuera un relato en clave: Punta, Maca, Northlands, Juani, St. Brendan’s, Félix, etcétera. Se pusieron al día con sus vidas en cinco minutos que me sirvieron para recordar que Maripi y yo venimos de mundos distintos. ¿Lo bueno? Ella es mi amiga, una buena mina, y nos queremos más allá de todo. Las diferencias no nos separan: nos enriquecen. 

Capítulo 9

Maripi, su amiga y roommate, resultó ser una diva total, ¡que encima sigue histeriqueándole al jefe! De todos modos, para Valen es una etapa de peace and love.


Mi cama de una plaza, algunas cajas, un par de valijas. Me colgué al hombro la mochila con los documentos y ya estaba lista para mudarme. Habíamos quedado con Maripi en encontrarnos en la puerta del edificio el viernes a las 7 de la mañana, pero cuando llegué ella ya estaba ahí, dirigiendo junto a su mamá un pequeño regimiento que bajaba cosas de un camión y las acomodaba según sus instrucciones. Mi amiga sí que se estaba mudando: no solo llevó su cama queen, sino un montón de muebles que los padres habían sacado de circulación en su casa después de redecorarla. Hasta cortinas, alfombras y una mesa ratona. Genial, porque mi miedo era vivir en una casa pelada, que pareciera una cueva. 
A diferencia de mi vieja, que se fue con joggineta y guantes de látex para ayudar a limpiar el departamento, la madre de mi amiga sostenía un cigarrillo entre sus dedos con manicure perfecta, y le daba indicaciones a su mucama, a quien había traído desde Nordelta para que diera una mano. 
Con tanta cooperación, al mediodía todo estaba limpio, y los muebles, en su lugar. Había que abrir las cajas y las valijas y acomodar, pero estábamos ansiosas por hacerlo a solas, así que despachamos a todo el mundo (incluso a Juampi, mi novio, que tenía que irse a trabajar), cerramos la puerta y nos pusimos a bailar como enajenadas en el medio del living. ¡Qué liberador! Fue como si acabáramos de recibirnos de adultas. Al fin vivíamos sin nuestros padres. 

HELL´S KITCHEN
Una vez que guardamos nuestras cosas en cada dormitorio, le pusimos pilas a la cocina. Parecía difícil que los inquilinos anteriores la hubieran usado: las alacenas no tenían estantes, una de las puertas de los muebles se cayó en cuanto la abrimos, y el horno estaba desmantelado. Se lo dijimos al portero, que rio enigmáticamente y nos prometió mandar un gasista y un carpintero el sábado.
Igual, como no daba para ponerse a cocinar el día de la mudanza, a la noche pedimos empanadas y esperamos a que llegara Juan, que había prometido traer la cerveza y el helado. 
Sonó el portero eléctrico y apreté el botón para abrir la puerta de abajo sin preguntar quién era, segura de que había llegado Juan. Big mistake: era Luciano, mi jefe. Lo vi salir del ascensor y me bajó la presión. Después de bañarme me había puesto una remera crota y un short, bien de entrecasa. Él llegaba muy canchero, perfumado y con una botella de malbec en la mano. “¿Maripi no te avisó que yo venía?”, preguntó. Debió ver mi cara de sorpresa. Actué como si yo fuera la más cool del mundo y le di la bienvenida. Cinco minutos después cayó Juan. A él le sorprendió más que a mí la presencia de Luciano, pero vio que mi jefe tenía onda con mi amiga, no conmigo. 
Me di cuenta de que estaba todo bien entre nosotros porque fui a la cocina para servir el helado y Juampi me siguió. Me abrazó desde atrás y me acarició por debajo de la remera. “Ahora que no vivís con tus viejos podemos quedarnos en la cama todo lo que queramos”, me dijo, mientras me besaba el cuello. Sentir su respiración tan cerca del oído me aflojó las rodillas. No veía la hora de estrenar con él mi nuevo dormitorio. 




Capítulo 8

Está armando las valijas y embalando las cosas para la mudanza. Valen pensó que sería más sencillo, pero el proceso la conmovió. Para ella, llegó la hora de desplegar las alas.


El lunes, cuando con mi amiga Maripi firmamos el contrato de alquiler, nos dieron las llaves del departamento. Ya éramos formalmente roommates e inquilinas de un bonito tres ambientes estilo francés en Recoleta. Acordamos que nos mudaríamos el viernes siguiente, así que solicité ese día libre en la agencia y el mismo martes empecé a meter mi ropa en un par de valijas y bolsos que me prestó mi mamá. También quería llevarme mis apuntes y fotocopias de la facu, así que pedí dos cajas en el súper chino de la cuadra. “Con esto tiene que alcanzar”, pensé. Pero me quedé corta: es increíble la cantidad de pavadas que una acumula en su placard. 
Mi hermana Natalia seguía mis movimientos tirada en su cama. “¿Te vas a llevar la planchita del pelo?”, preguntó. “Obvio”, le dije, “y también me llevo el secador”.
No voy a decir que lloró porque sería una mentira, pero juro que le vi una arruguita en el mentón, como si estuviera a punto de hacer un puchero. Nati estaba acostumbrada a usar mis cosas, incluso a estrenarlas sin permiso, y yo se lo permití con esa especie de actitud maternal que solemos tener las hermanas mayores, aunque la diferencia de edad entre nosotras sea mínima.
También yo he usado ropa de ella, para ser justa. Por ejemplo, voy a lamentar no contar más con sus botitas cortas texanas que pegan con vestidos y con chupines. Ojalá Maripi ponga a disposición mía su guardarropa: ese sí que es impresionante. Mi amiga viaja mucho con la familia y tiene ropa divina de marcas caras con las que yo solo puedo soñar.
Nati me vio sufrir con el embalado y se ofreció: “Voy hasta el chino y te traigo más cajas”. La miré y nos abrazamos. ¿A quién le importan las cajas? Esto es otra cosa: es amor genuino entre hermanas. “La sangre es más espesa que el agua”, dice un refrán. No importa cuánto nos hayamos peleado toda la vida por las muñecas, la ropa, el espacio en el placard, el desorden en el cuarto o, más importante, la atención de nuestros padres: el lazo entre nosotras el afectivo y el sanguíneo es indestructible. Voy a extrañar las charlas con la péndex de cama a cama…

HOLA, RECUERDOS
“Valen, también hay libros tuyos en la biblioteca”, me avisó mi mamá. Cuando ella estaba embarazada de mí, mi papá había comprado una enciclopedia en fascículos, pensando que yo la usaría en el colegio. Mi viejo iba al kiosco de diarios y retiraba un fascículo cada semana. Así armó la colección de ocho tomos que le llevó casi tres años completar. Cuando yo tenía un año y medio debieron internarme porque tuve crup, una enfermedad de las vías respiratorias que suele ser leve, pero que me pegó fuerte. Mis padres, que eran primerizos, sintieron que tener a su bebé en una clínica era una tragedia, así que no se despegaron de mí durante los días que estuve internada. La enfermedad no dejó secuelas en mi cuerpo, pero sí en la enciclopedia: faltan dos fascículos que mi papá, con tanta angustia, olvidó retirar del kiosco. Es un salto en el que se pierden casi todas las palabras que empiezan con J. Fue una suerte que para mis tareas del colegio contara con Internet, de lo contrario no habría podido investigar sobre las jirafas o sobre los jeroglíficos, por ejemplo.
En el estante debajo de la enciclopedia, están los libros infantiles. Ahí está la colección completa de Harry Potter y mi libro favorito: Mi planta de naranja lima. Recuerdo leerlo, releerlo ¡y siempre llorar con la historia! Lo saqué del estante y de entre las páginas cayó una foto de cuando Nati y yo éramos chiquitas y mi hermano, Facundo, era apenas un bebé.
Guardé el libro y la foto en una de las cajas, y la cerré con cinta scotch. Ya no soy una nena, pero el pasado también es parte de quien soy ahora, así que esos recuerdos se irán conmigo a mi nuevo hogar.



Capítulo 7


Enfrenta una mezcla de sentimientos: está feliz porque va a mudarse a un depto con Maripi, pero se pregunta qué pasa realmente con su jefe: ¿por qué le afecta que él coquetee con su amiga? ¿Son celos? Ups.


Durante el fin de semana, mi amiga Maripi se había mandado sola a reservar un departamento para las dos. Yo estaba en Rosario, con Juampi, cuando me enteré.
No conté hasta cien: ¡conté hasta dos millones quinientos mil! Cuando se me pasó la calentura, la llamé y quedamos en ir juntas a verlo el lunes, a la hora de mi almuerzo. “Te va a encantar”, insistía.
Diez minutos antes de la hora a la que habíamos quedado, apareció a buscarme por el laburo. La recepcionista la dejó llegar hasta mi escritorio, y Maripi recorrió los pasillos muy a su estilo, pura sonrisa y brazo en alto para saludar a todos, aunque no los conocía, cual reina de la primavera en su carroza.
Mientras guardaba mis cosas en la cartera, se nos acercó Luciano, mi jefe, atraído por mi amiga rubia, que era el centro de atención en la agencia. No me quedó más remedio que presentarlos: “Luciano-María Pía. María Pía-Luciano”. 
“Así que vos sos la famosa María Pía”, dijo él, mentiroso, porque yo nunca le había hablado de mi amiga. 
“Y vos sos el famoso Luciano”, respondió ella, jugando a la chica sexy. 
Intervine: “Tenemos que irnos”. 
Mi jefe preguntó si nos íbamos a almorzar. 
“¿Por qué preguntás? ¿Querés venir con nosotras?”, lanzó Maripi, zarpadísima, y no lo dejó responder: “En realidad nos esperan para ver un depto, porque vamos a vivir juntas”
“Si necesitan una mano con la mudanza, avisen”, se ofreció Luciano, y Maripi no se la dejó pasar: “¿Solo una mano? ¿Y el resto?”. 
Le descargué una mirada láser y casi la arrastro hasta la puerta. “Es mi jefe, Maripi. No podésss”, la reté. Me pidió perdón, muerta de risa, y salimos en el auto que le regalaron los padres.

MÁS QUE CUATRO PAREDES
El departamento que había elegido María Pía para nosotras dos era antiguo, de estilo francés y muy luminoso, pero los muebles de la cocina eran un asco, y me pregunté cómo habían podido conservarlos los inquilinos anteriores. Sin embargo, el resto estaba divino: parquet de roble y paredes recién pintadas de blanco, impecables. Un living chico y un baño que no era nada del otro mundo, es cierto, pero contaba con una gran ventaja: dos habitaciones casi idénticas. “Me quedo con este cuarto que tiene un placard más grande. ¡Canté pri!”, gritó Maripi. “Dale, total yo tengo menos ropa. Prefiero el otro, que está más cerca del baño”, le respondí. Mi amiga y yo somos muy distintas, pero nos complementamos. Con ella me río más que con nadie en el mundo. 
Al final, Maripi no había estado tan equivocada al reservar el departamento por su cuenta: si no lo hacía, la persona que lo hubiera visto después de ella nos lo habría quitado de las manos. Bien ubicado, a un precio razonable y disponible para una mudanza inmediata, era demasiado bueno para ser real.
Volví a la oficina muerta de hambre, porque me había salteado el almuerzo. Luciano me ofreció galletitas: “¿Así que te mudás con tu amiga? No sabía que habías cortado con tu novio”, me dijo, apoyando sus manos en mi escritorio y casi pegado a mi oído, para que mis compañeros no pudieran escucharlo. “No corté con Juan, solo me mudo con María Pía porque quiero dejar de vivir en la casa de mis viejos”, aclaré. “Ah, qué mal”, respondió él, como en un acto de honestidad brutal. Me dejó las galletitas en el escritorio y se fue a su oficina.
Un rato antes me había sentido celosa por el coqueteo de mi amiga y mi jefe. Ahora estaba nerviosa por lo que me pareció un lance de él hacia mí. No había duda: Luciano me estaba histeriqueando. 
Tuve que olvidarme del culebrón por el resto de la tarde porque debía escribir unas gacetillas de prensa sobre unas terapias ortomoleculares que me parecieron un cuento chino. Y además tenía que enviarlas a los medios cuanto antes. Mejor me concentraba en mis tareas si no quería meter la pata.

¡VAMOS LAS CHICAS!
A la noche nos encontramos Maripi, Juampi y yo a celebrar por el alquiler del departamento. Después de la segunda cerveza, mi amiga y mi novio, que nunca se llevaron bien, se reían juntos de chistes pavos, como íntimos amigos. ¡Bravo! Si Juan va a venir todo el tiempo a mi nuevo hogar, es mejor que no haya mal clima con mi compañera de depto. 
“Por las chicas más lindas del bar, que ahora van a vivir bajo el mismo techo”, brindó él. 

“Por nosotras, amiga”, agregó Maripi, mirándome a los ojos. Creo que ningún horóscopo podría haber pronosticado tantos cambios en mi vida y en tan poco tiempo. Ni yo puedo creerlo. ¡Pero me gusta lo que está pasando!

Capítulo 6

Juan empezó a remar para reconquistar a Valen y le propuso una escapada para poder estar a solas. Mientras tanto, su amiga María Pía busca un departamento para alquilar juntas y se toma algunas atribuciones que le encienden las alarmas a Valentina.


María Pía me mandó un whatsapp: “Hay 2 deptos para ver”. Ella asumió por su cuenta la búsqueda de un departamento para alquilar juntas después de que rechazara los dos que había encontrado yo. “Esa zona es un horror”, me dijo porque uno quedaba en Balvanera y el otro en Almagro. “¡Pero yo vivo en Balvanera y me encanta!”, le respondí. Hay una realidad: es más fácil pagar un alquiler en esos barrios que en Recoleta o en Palermo, que es donde María Pía quiere que nos mudemos. Yo sabía que Balvanera no le gustaba porque la primera vez que pasó a buscarme por la casa de mis viejos, me dijo que yo vivía “en la loma del traste”. Ese día me reí porque la verdad es que ella, cuya familia tiene una casa en Nordelta, es la que vive lejos de todo. Pero tampoco es cuestión de pelear. Es mi amiga y la quiero. Y, además, ahora va a ser mi roommate. 
Nos conocimos en la facultad, estudiando Comunicación. La misma carrera pero dos objetivos diferentes. El mío, ser periodista y vivir la épica de las redacciones, las investigaciones y los cierres. El de ella, tener su propia agencia de prensa, trabajar con marcas internacionales y no depender de la autorización de un jefe para irse de vacaciones dos o tres veces al año. Somos muy distintas y tal vez por eso nos divertimos tanto juntas. Un día me dijo que quería ser “mi asesora de imagen”: abrió mi placard y empezó a amontonar ropa sobre la cama. “Esto no, esto no, esto no”, decía mientras las camisas y los pantalones volaban por el aire. Por suerte, la mitad de las cosas que descartó eran de Natalia, mi hermana, ¡si no me dejaba desnuda!
De lo que nunca hablamos es de lo que ella realmente piensa de Juampi. Le cae bien, pero estoy segura de que no cree que sea el hombre para mí. Juan tampoco entiende mi amistad con María Pía, así que digamos que tengo la famosa “grieta” en mi propio círculo íntimo, ja.

ENTRE DOS FUEGOS
Acordé con mi amiga que veríamos los departamentos sábado y domingo, y justo a Juampi se le ocurrió que nos fuéramos solos por el fin de semana a Rosario. Si él ya estaba sensible por lo de mi mudanza con María Pía, no podía decirle que no a la escapada romántica que me proponía. Ella entendió que no podría acompañarla y me dijo que me mandaría fotos de los deptos por Whatsapp para que los viera como si estuviera ahí.
El viernes fui a trabajar con el bolso para salir desde la agencia rumbo a Retiro, para tomar el micro con Juan. La idea era pasar las noches del viernes y el sábado allá, así podíamos aprovechar mejor el tiempo. Caminamos mucho, comimos rico al lado del río y, de pronto, me llegó un mensaje de María Pía con cinco fotos de un departamento. “¿Te gusta?”, me preguntó. Lo poco que se veía era bastante lindo y le respondí justamente eso. Contestó: “Genial que te guste, Valen, ¡porque ya lo reservé!”. Juampi vio mi cara, transfigurada por la sorpresa y algo de enojo, y se puso como loco cuando le conté lo que me acababa de enterar por Whatsapp: “Esta mina es una desubicada. No puede reservar un departamento para las dos sin que lo veas. ¿Te das cuenta lo que va a ser tu vida con ella?”. Se me hizo un nudo en la garganta y le escribí a María Pía: “Me hubiera gustado verlo en persona antes de que tomaras esa decisión”. Ella reaccionó con su frescura habitual: “No problem. Si no te gusta, pedimos que nos devuelvan la plata”.

Increíble cómo cambian las cosas de un día para otro: mi relación con Juan mejoró un 100%, pero ahora la que me hace sufrir es mi amiga. ¿Cuándo voy a tener un poco de paz? 

Capítulo 5

El bautismo de fuego en un empleo nuevo puede ser duro, y Valentina da fe de eso. Pero un par de humillaciones y metidas de pata en la oficina no alcanzan para tirarla abajo. Además, Juan aparece para rescatarla a ella... ¡y a la relación!


El primer día de trabajo transcurrió entre presentaciones de compañeros de oficina, comunicación de las normas dentro de la agencia (desde cómo poner a funcionar la máquina del café hasta cómo pedir los taxis, estos pibes son terriblemente burocráticos) y el listado de las tareas que voy a tener que hacer por ahora. Hubo algunos momentos incómodos, como la presentación en medio de la oficina, a cargo de Andy, una de mis jefas. “Esta es Valentina, la nueva. Como ya tenemos una Valentina en el equipo, propongo llamarla ‘número dos’”, dijo. Luciano, mi otro jefe, saltó enseguida: “Andy, ‘número dos’ es lo que se dice para ir al baño. Me parece una idea poco feliz”. En los ojos de ella brilló un rayo de la muerte que iba indudablemente dirigido a Luciano, mi salvador. ¿En qué cabeza cabe llamar a alguien “número dos”? Es recontraofensivo. “A mí siempre me llamaron ‘Valen’. A ella díganle ‘Valentina’ y va a estar perfecto”, intervino mi tocaya, que está en la parte administrativa.
Otro momento incómodo fue cuando me ofrecí a preparar café y puse mal las cápsulas. Parece que son carísimas y yo arruiné cuatro. Listo, ya aprendí. No volverá a pasar. Ahí fue cuando me contaron lo de las normas dentro de la agencia y todo ese bla bla bla.

INTERNAS CALIENTES
A mitad de la tarde, Cristian, mi compañero de escritorio, me interrogó: “¿Ya te diste cuenta de cómo son las cosas? Andy y Luciano son muy distintos, salvo por un detalle: los dos son ambiciosos. Andy compite con las minas y se hace la sexy con los pibes. Luciano juega al amigo con todos, pero solo le interesa que cuidemos a los clientes porque de eso depende el plus que le pagan ellos a fin de mes. Ganan fortunas”, me contó en voz baja, en un momento en que todos alrededor habían salido al balcón a fumar.

SALVEN A VALENTINA
Mi primera misión es comunicar el lanzamiento de un nuevo sabor de pegamento de dentaduras postizas. Obvio, la idea de darme ese bautismo de fuego fue de... ¡Andy! 
“Ofreceles el material directamente a las directoras de las revistas femeninas y a los editores de las secciones de salud de los diarios. Mandá e-mails y llamá para confirmar que los hayan recibido”, me indicó. Salvo por la directora de una revista que no tiene secretaria, mis llamados murieron en intermediarios que prometían pasarles el mensaje a sus jefes. La directora que me atendió personalmente se burló de mí: “¿No sabés que esta es una revista para adolescentes? ¿Cómo se te ocurre que voy a meter en una nota un adhesivo para dentaduras?”. Me disculpé y corrí al baño, muerta de vergüenza. Me crucé con Andy. “¿Todo bien?”, me preguntó. Levanté un pulgar en señal afirmativa y le sonreí. 

El día se me hizo larguísimo y, cuando finalmente Juampi pasó a buscarme, sentí cierto alivio por salir de ahí y volver a mi mundo. Me abrazó y me besó con fuerza. “¿Y ese perfume?”, le pregunté. “Es el que me regalaste el año pasado para mi cumpleaños”, dijo, y propuso que fuéramos a comer y luego a su casa aprovechando que sus viejos no estaban, para festejar mi primer día de trabajo. Mi festejo secreto era otro: Juan no solo había estrenado el perfume: tenía una actitud seductora que también era nueva. Fue nuestra noche más apasionada en mucho tiempo. ¡Alegría! 

Capítulo 4

Su pareja con Juampi se encuentra en crisis, pero Valentina está dispuesta a hacer que funcione. Y, al mismo tiempo, el nuevo trabajo la deslumbra con la expectativa de una nueva vida. 



“¿Eso significa que no vamos a casarnos?”, preguntó Juan. Enmudecí. Yo sabía que él quería casarse y entiendo que es lo más lógico después de estar seis años de novios. Pero nuestra relación está menos diez, no es momento para pensar en jurarnos amor para toda la vida. Si me preguntan con quién me imagino viviendo cuando sea viejita, lo digo sin dudar: con Juan. El problema es que cada vez tenemos menos cosas en común y, odio decirlo, en ocasiones me aburro con los planes que armamos. Y ya casi no hay química, además. 
Ahora que le digo que me voy de la casa de mis viejos para alquilar un departamento con mi amiga María Pía, parece que él quisiera meterle un electroshock a la relación para sacarla del coma.
“Yo no dije que no vayamos a casarnos, Juampi, pero a los 24 años no puedo seguir viviendo con mi familia, apretada en un cuarto con mi hermana. Lo hablamos mil veces. Lo que me faltaba para tomar impulso para mudarme era la guita, y por fin voy a tener un sueldo fijo”, le expliqué. 
Natalia, mi hermana, entró a la habitación y oyó la última parte de la charla. Cuando corté con Juan, mi mamá me llamó desde la cocina. “¿Así que vas a dejarnos?”, me encaró, con lágrimas en los ojos. Luego caminó hacia a mí y me dio un abrazo fuerte y protector como si yo tuviera seis años. “Muchas veces me pregunté cómo sería este momento. Siempre vas a ser mi nena, pero sos toda una mujer, está bien que quieras hacer tu camino”, dijo, como si me bendijera. 
Le conté la charla con María Pía y los planes para empezar a buscar departamento. Se hicieron las doce de la noche y me di cuenta de que a las siete me hacía los análisis clínicos para el nuevo laburo. Tenía apenas unas pocas horas de sueño por delante. Era increíble todo lo que había pasado en un solo día. 

SER “LA NUEVA”

Con todos los estudios médicos aprobados, el lunes siguiente estaba como un soldadito en la agencia, dispuesta para empezar mi primer día de trabajo. Cuando llegué no estaban ni Luciano ni Andy, mis nuevos jefes. Una de las recepcionistas me mostró mi escritorio y uno de Sistemas me instaló la compu y me ayudó a loguearme. Al toque vino el chico que el día de la entrevista me había traído un café. “Me presento formalmente, Valentina. Soy Cristian y vamos a ser compañeros de escritorio. Estas dos cosas llegaron para vos”, me dijo, y me entregó una macetita con un bambú divino y una caja de chocolates con un envoltorio muy canchero, típico de local caro de Palermo. El bambú me lo había mandado Juampi, mi novio, con una tarjetita que decía “Como siempre, a tu lado”. Los bombones me los había mandado Luciano, mi jefe. La tarjetita decía “A partir de hoy, escribimos juntos una nueva historia”. Todavía tenía la caja en la mano cuando me sobresaltó la voz de Luciano, que estaba parado detrás de mi silla. “Bienvenida, seguime a mi oficina que vamos a hablar de tus tareas”, me pidió con una sonrisa, entrecerrando sus ojos grises. En el escritorio quedaron los chocolates y el bambú, como símbolos de dos vidas diferentes: una deliciosa y tentadora, y otra menos glamorosa, pero con raíces, igual que mi relación con Juan. El desafío es hacer que las dos funcionen. Tengo que lograrlo.

Capítulo 3

Todo pasa demasiado rápido para Valen: el nuevo empleo, la idea de mudarse a un depto con una amiga y la crisis con su novio, Juan Pablo, que después de seis años naufraga entre el cariño y la falta de intereses compartidos. ¿Se la va a bancar?


Tuve una entrevista de trabajo y saqué tres conclusiones: mi futura jefa es una bicha, mi futuro jefe está tan bueno que se parte y el empleo que me ofrecen en la agencia no es lo que yo esperaba. Bajón. Creí que iba a poder hacer entrevistas, escribir informes, investigar algo. No me imaginaba que después de quemarme las pestañas en la facultad iba a terminar mandando invitaciones a eventos. Pero es lo que hay, y ya lo acepté. Necesito un sueldo estable para poder alquilar un depto, así que por ahora voy a tragarme el amor propio y pagar el derecho de piso. 

JUAN Y YO
Salí de la agencia y llamé a Juan para contarle que finalmente tengo laburo. “Bancá un toque así podemos charlar durante mi hora de almuerzo”, me dijo.
Mi novio es ingeniero y trabaja en una de esas multinacionales que construyen cosas grandes para el Estado: puentes, rutas, túneles. Es la mano derecha de uno de los ingenieros más grossos de la empresa y su mundo son los cálculos de estructuras y de resistencia de los materiales. Big embole.
Yo siempre fui horrible para las matemáticas y todo lo que mi novio me cuenta del trabajo me resulta terriblemente aburrido. Nunca trae chismes sobre romances prohibidos entre compañeros o discusiones en la oficina. Y tampoco entiende por qué estudié Comunicación Social o por qué me la paso en Twitter y en Instagram. “Eso es perder el tiempo”, se ríe de mí. 
Juan Pablo, Jampi, es mi amor desde el secundario. Nos conocimos en una disco de Bariloche, en el viaje de egresados: él era el más lindo, aunque las chicas no lo miraban porque estaba en un rincón, con una Coca en la mano, y ellas solo bailaban con los bad boys que estaban borrachos y hacían lío.
Cuando salimos del boliche, Juan me dio su campera para que no tuviera frío, y no nos separamos más. Pero ahora las cosas están apenas tibias. Seis años juntos es mucho tiempo y nos cuesta encontrar planes que podamos compartir. Para nosotros ya no corre eso de la media naranja. Somos frutas diferentes, en todo caso.
Hace seis años, cuando empezamos a salir, parecíamos estar en la misma rama del árbol. Pero maduramos distinto.

BALDAZO DE AGUA FRÍA
Me fui a hacer tiempo a un barcito cerca de su trabajo y me pedí un cortado. Media hora después, Juampi me mandó un whatsapp: “No puedo ir porque acá se pudrió todo con un presupuesto. Perdón. Hablemos a la noche”. Como respuesta, le clavé ese emoticón de la cara roja de furia: de verdad necesitaba contarle a alguien lo que me había pasado en la entrevista de trabajo. Después de Juan, la que mejor me conoce es mi amiga María Pía. Hacía tres meses que no nos veíamos, pero le whatsapeé y vino volando al bar. Pobre, le largué todo como una catarata: no solo lo del nuevo laburo y los jefes, sino lo que me pasa con Juan y todos los problemas de convivencia que tengo con mis viejos y con mi hermana. Cuando terminé de descargarme, resoplé: me había sacado de encima una mochila de cien kilos. María Pía me miraba con la boca abierta y los ojos desorbitados. “Hacé borrón y cuenta nueva, Valen. Ahora que tenés trabajo, es hora de que te vayas de la casa de tus viejos. ¿Por qué no alquilamos algo juntas?”, me propuso. Grité “¡Sí!” antes de pensarlo dos veces. 

A la noche lo llamé yo a Juampi. No sabía por cuál noticia empezar, si la del empleo o la de María Pía. Él no se esperaba que, después de seis años de noviazgo, en lugar de empezar a convivir con él, yo hubiera decidido mudarme con una amiga. Hizo un largo silencio antes de responderme con otra bomba.

Capítulo 2

La entrevista no es lo que ella esperaba: soñaba con correr detrás de las noticias, pero el trabajo que le ofrecen es muy distinto. Y, encima, parece que va a tener que lidiar con un jefe seductor y una jefa dominatriz. ¿Valentina aceptará el desafío?


Luciano, el director de la agencia con quien tengo la entrevista de trabajo, camina detrás de mí por un pasillo largo y me indica que entre en una oficina vidriada, tipo pecera, que está a mi derecha. Desde afuera el edificio antiguo parecía pequeño, pero por dentro es supermoderno y amplio, y se parece a los de esas empresas que se ven en las series: mucha tecnología, pantallas enormes, computadoras de última generación, escritorios grandes como ballenas y sillas ergonómicas que, se nota, deben ser carísimas.
“Hola, soy Andy”, dice una mujer de unos 30 años. Pelo bien corto, calzas engomadas, buzo amplio con inscripción en francés (dice algo que suena zarpado, porque tiene la palabra “sexe”), anteojos de lectura de marco negro con mucha onda. Me siento una crota al lado de ella. “¿Querés un café?”, pregunta. Le digo que sí y ella tipea algo en su mini iPad. Al rato entra un chico como de mi edad y me trae el café. ¿Andy se lo pidió por WhatsApp o tienen una aplicación especial para comunicarse dentro de la agencia? Guau. El chico está incómodo, eso es obvio, porque me mira con un gesto que yo interpreto como “No soy mozo, pero tengo que hacer lo que me dicen”. Lo confirmo cuando Andy le lanza un “Graciasss”, con voz de gatita, y él le devuelve una mirada onda “Que sea la última vez”. 

¿Y YO QUÉ HAGO ACÁ?
Bué, tal vez estoy dejando que mi mente vuele demasiado. En esta trama novelera que imagino, Andy es una jefa garca que acosa al chico del café. Él es un buen pibe del que se abusan un poco, y Luciano es el jefe langa del que todas en la oficina están enamoradas. ¿Y yo qué papel voy a jugar en esta historia? Andy parece leer mi mente, porque me explica justamente cuál va a ser mi rol: “Nosotros somos una agencia de prensa y nos ocupamos de difundir en los medios los productos de nuestros clientes. En principio, vas a estar en la redacción de gacetillas y en los llamados a los medios para que nos publiquen el material”.
Debo haber empalidecido, porque Luciano me pregunta si no entendí. “Te quedaste muda”, me dice. Reacciono y le respondo: “No, no pasa nada, es que en el aviso pedían una periodista con interés en el espectáculo”. “Correcto –se mete Andy–, porque como hacemos algunas campañas con celebrities, necesitamos a alguien que las conozca y las convoque para los eventos”.

“WELCOME TO THE JUNGLE”
Claramente, esto no es lo que esperaba, pero necesito el trabajo, así que acepto las condiciones que me indican. “Mañana te hacés los análisis preocupacionales y empezás cuanto antes”, se despide Andy, dándome la mano, fría y blanda como un pescado. 
Luciano me recuerda el camino a la salida, y en el pasillo largo aprovecho para mirar el celular: tengo un mensaje de Juan Pablo, mi novio: “Valen, llamame y contame cómo te fue en la entrevista. Te amo”. 
Antes de llegar a la puerta me cruzo al chico del café. “Welcome to the jungle”, se despide, con una sonrisa. Tal vez mi vida esté a punto de cambiar radicalmente.

Capítulo 1

Me asomo a la puerta del baño y grito como si pudiera golpear a mi hermana con las palabras: “¡Te pusiste mi camisa blanca nueva y la dejaste toda manchada!”. Natalia responde con un “¿Quéee?”, como si le estuviera hablando de las auroras boreales o de la cría de pandas en cautiverio. Típico: se manda una y se hace la boba. Pero esta vez pasó de la raya: la camisa blanca es lo único que tengo presentable para ir hoy a una entrevista de trabajo, y ella la usó y la dejó de nuevo colgada en la percha, con el cuello sucio de maquillaje. 
Natalia se abusa porque juega a la hermana menor, aunque solo tenga dos años menos que yo. Compartimos la habitación y eso le da acceso irrestricto a mi lado del placard. No solo usa mi ropa: también la estrena. Eso sí que me pone loca. Si se mete en el papel de “gatita”, me roba mis mejores equipos. Si quiere hacerse la chica cool y se junta con los amigos del novio, le roba las camisetas de fútbol a mi hermano menor, que tiene 16 años y es fanático de todos los equipos europeos. 
Para mí, tener 24 y seguir viviendo en la casa de mis viejos es una desgracia. Pero hasta que no tenga un trabajo estable que no sea de promotora los fines de semana, no puedo pagar un alquiler para mudarme sola. Y con Juan Pablo, aunque estamos de novios desde hace seis años (sí, un montón), ni locos nos iríamos a vivir juntos. Lo adoro, pero no me veo compartiendo una casa con él, apretados todo el santo día en un monoambiente.

“VENGO POR EL AVISO”
Trato de no darme manija, pero espero conseguir el puesto para el que me voy a presentar hoy. Tener un sueldo fijo es mi chance de salir de esta situación insostenible. Necesitan una “periodista con interés en el mundo del espectáculo” y, aunque en el aviso piden a alguien con experiencia, llevando el título de Licenciada en Ciencias de la Comunicación y las tres mejores notas que publiqué en el diario de la facu, voy a estar bien. No creo que se necesite demasiada trayectoria para escribir textos breves sobre Vicky Xipolitakis o los pibes de Gran Hermano.
Ahora el problema está en qué me pongo. Descartada la camisa, me voy a meter una remera de AC/DC y una campera de cuero. El look no es muy ejecutivo que digamos, pero tiene altísima onda. En cuanto a Natalia, la mato a la vuelta de mi cita de trabajo, así no llego a la entrevista con las manos manchadas de sangre, je.

HOLA, FUTURO JEFE
Toco el timbre en una puerta vieja del barrio de San Telmo y me anuncio por el portero eléctrico: “Tengo una reunión con Luciano Goity”. Me abren y en la cima de la escalera me espera un tipo de unos 30 años, con el pelo despeinado a propósito y ojos grises, vestido con chupines, ¡y una remera igual a la mía! “Hola, soy Luciano. Empezamos bien: tenemos el mismo gusto”, me dice, extendiéndome la mano. Me hace pasar y me doy cuenta de que se quedó detrás de mí para mirarme la cola. ¿Voy a tener un jefe así de atrevido? Danger: Luciano no está nada mal.