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lunes, 8 de mayo de 2017

Capítulo 3

Todo pasa demasiado rápido para Valen: el nuevo empleo, la idea de mudarse a un depto con una amiga y la crisis con su novio, Juan Pablo, que después de seis años naufraga entre el cariño y la falta de intereses compartidos. ¿Se la va a bancar?


Tuve una entrevista de trabajo y saqué tres conclusiones: mi futura jefa es una bicha, mi futuro jefe está tan bueno que se parte y el empleo que me ofrecen en la agencia no es lo que yo esperaba. Bajón. Creí que iba a poder hacer entrevistas, escribir informes, investigar algo. No me imaginaba que después de quemarme las pestañas en la facultad iba a terminar mandando invitaciones a eventos. Pero es lo que hay, y ya lo acepté. Necesito un sueldo estable para poder alquilar un depto, así que por ahora voy a tragarme el amor propio y pagar el derecho de piso. 

JUAN Y YO
Salí de la agencia y llamé a Juan para contarle que finalmente tengo laburo. “Bancá un toque así podemos charlar durante mi hora de almuerzo”, me dijo.
Mi novio es ingeniero y trabaja en una de esas multinacionales que construyen cosas grandes para el Estado: puentes, rutas, túneles. Es la mano derecha de uno de los ingenieros más grossos de la empresa y su mundo son los cálculos de estructuras y de resistencia de los materiales. Big embole.
Yo siempre fui horrible para las matemáticas y todo lo que mi novio me cuenta del trabajo me resulta terriblemente aburrido. Nunca trae chismes sobre romances prohibidos entre compañeros o discusiones en la oficina. Y tampoco entiende por qué estudié Comunicación Social o por qué me la paso en Twitter y en Instagram. “Eso es perder el tiempo”, se ríe de mí. 
Juan Pablo, Jampi, es mi amor desde el secundario. Nos conocimos en una disco de Bariloche, en el viaje de egresados: él era el más lindo, aunque las chicas no lo miraban porque estaba en un rincón, con una Coca en la mano, y ellas solo bailaban con los bad boys que estaban borrachos y hacían lío.
Cuando salimos del boliche, Juan me dio su campera para que no tuviera frío, y no nos separamos más. Pero ahora las cosas están apenas tibias. Seis años juntos es mucho tiempo y nos cuesta encontrar planes que podamos compartir. Para nosotros ya no corre eso de la media naranja. Somos frutas diferentes, en todo caso.
Hace seis años, cuando empezamos a salir, parecíamos estar en la misma rama del árbol. Pero maduramos distinto.

BALDAZO DE AGUA FRÍA
Me fui a hacer tiempo a un barcito cerca de su trabajo y me pedí un cortado. Media hora después, Juampi me mandó un whatsapp: “No puedo ir porque acá se pudrió todo con un presupuesto. Perdón. Hablemos a la noche”. Como respuesta, le clavé ese emoticón de la cara roja de furia: de verdad necesitaba contarle a alguien lo que me había pasado en la entrevista de trabajo. Después de Juan, la que mejor me conoce es mi amiga María Pía. Hacía tres meses que no nos veíamos, pero le whatsapeé y vino volando al bar. Pobre, le largué todo como una catarata: no solo lo del nuevo laburo y los jefes, sino lo que me pasa con Juan y todos los problemas de convivencia que tengo con mis viejos y con mi hermana. Cuando terminé de descargarme, resoplé: me había sacado de encima una mochila de cien kilos. María Pía me miraba con la boca abierta y los ojos desorbitados. “Hacé borrón y cuenta nueva, Valen. Ahora que tenés trabajo, es hora de que te vayas de la casa de tus viejos. ¿Por qué no alquilamos algo juntas?”, me propuso. Grité “¡Sí!” antes de pensarlo dos veces. 

A la noche lo llamé yo a Juampi. No sabía por cuál noticia empezar, si la del empleo o la de María Pía. Él no se esperaba que, después de seis años de noviazgo, en lugar de empezar a convivir con él, yo hubiera decidido mudarme con una amiga. Hizo un largo silencio antes de responderme con otra bomba.

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