Su pareja con Juampi se encuentra en crisis, pero Valentina está dispuesta a hacer que funcione. Y, al mismo tiempo, el nuevo trabajo la deslumbra con la expectativa de una nueva vida.
“¿Eso significa que no vamos a casarnos?”, preguntó Juan. Enmudecí. Yo sabía que él quería casarse y entiendo que es lo más lógico después de estar seis años de novios. Pero nuestra relación está menos diez, no es momento para pensar en jurarnos amor para toda la vida. Si me preguntan con quién me imagino viviendo cuando sea viejita, lo digo sin dudar: con Juan. El problema es que cada vez tenemos menos cosas en común y, odio decirlo, en ocasiones me aburro con los planes que armamos. Y ya casi no hay química, además.
Ahora que le digo que me voy de la casa de mis viejos para alquilar un departamento con mi amiga María Pía, parece que él quisiera meterle un electroshock a la relación para sacarla del coma.
“Yo no dije que no vayamos a casarnos, Juampi, pero a los 24 años no puedo seguir viviendo con mi familia, apretada en un cuarto con mi hermana. Lo hablamos mil veces. Lo que me faltaba para tomar impulso para mudarme era la guita, y por fin voy a tener un sueldo fijo”, le expliqué.
Natalia, mi hermana, entró a la habitación y oyó la última parte de la charla. Cuando corté con Juan, mi mamá me llamó desde la cocina. “¿Así que vas a dejarnos?”, me encaró, con lágrimas en los ojos. Luego caminó hacia a mí y me dio un abrazo fuerte y protector como si yo tuviera seis años. “Muchas veces me pregunté cómo sería este momento. Siempre vas a ser mi nena, pero sos toda una mujer, está bien que quieras hacer tu camino”, dijo, como si me bendijera.
Le conté la charla con María Pía y los planes para empezar a buscar departamento. Se hicieron las doce de la noche y me di cuenta de que a las siete me hacía los análisis clínicos para el nuevo laburo. Tenía apenas unas pocas horas de sueño por delante. Era increíble todo lo que había pasado en un solo día.
SER “LA NUEVA”
Con todos los estudios médicos aprobados, el lunes siguiente estaba como un soldadito en la agencia, dispuesta para empezar mi primer día de trabajo. Cuando llegué no estaban ni Luciano ni Andy, mis nuevos jefes. Una de las recepcionistas me mostró mi escritorio y uno de Sistemas me instaló la compu y me ayudó a loguearme. Al toque vino el chico que el día de la entrevista me había traído un café. “Me presento formalmente, Valentina. Soy Cristian y vamos a ser compañeros de escritorio. Estas dos cosas llegaron para vos”, me dijo, y me entregó una macetita con un bambú divino y una caja de chocolates con un envoltorio muy canchero, típico de local caro de Palermo. El bambú me lo había mandado Juampi, mi novio, con una tarjetita que decía “Como siempre, a tu lado”. Los bombones me los había mandado Luciano, mi jefe. La tarjetita decía “A partir de hoy, escribimos juntos una nueva historia”. Todavía tenía la caja en la mano cuando me sobresaltó la voz de Luciano, que estaba parado detrás de mi silla. “Bienvenida, seguime a mi oficina que vamos a hablar de tus tareas”, me pidió con una sonrisa, entrecerrando sus ojos grises. En el escritorio quedaron los chocolates y el bambú, como símbolos de dos vidas diferentes: una deliciosa y tentadora, y otra menos glamorosa, pero con raíces, igual que mi relación con Juan. El desafío es hacer que las dos funcionen. Tengo que lograrlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario