Cristian, su compañero de trabajo, sospecha que pasa algo entre ella y Luciano. Pero eso no es lo peor: también hay noticias inquietantes sobre Natalia, la hermana de Valen.
Cristian acababa de preguntarme a boca de jarro si a mí me gustaba Luciano, nuestro jefe. Haberme expuesto así ante él había sido mi culpa: yo lo había arrastrado a comer conmigo al bodegón de la esquina solo para que me contara con detalles la relación entre Luciano y Andy, mi jefa malvada. Hasta ese día, yo no sabía que habían estado a punto de casarse. La noticia (vieja, pero nueva para mí) me había pegado como una patada de mil voltios. Ahora, en una milésima de segundo, tenía que acomodar mi cara para que Cristian no leyera en mis gestos ni dudas ni mentiras cuando le respondiera si Luciano me gustaba o no.
–Está bueno como tipo, no lo voy a negar, pero yo tengo…
–…novio. Sí, ya sé. Tirás la pelota afuera, Valen. Yo te pregunté si te gusta Luciano.
–Y te respondí que es lindo.
–No era una consulta estética. Me parece que algo pasa entre ustedes. Veo las miradas, las sonrisitas. Vamos, Valen, me siento a un metro de vos y veo todo lo que pasa ahí.
–¡Cómo sos, eh! Vos mismo dijiste hace cinco minutos que Luciano juega al seductor con todas las chicas. Es eso: hay un histeriqueo sin consecuencias.
Cristian me puso cara de “no te creo nada” y de postre se pidió el flan con crema que venía con el menú. Yo me tomé un cortado. Sentía una mezcla de vergüenza y cierta excitación porque Cristian había dicho que veía algo especial entre Luciano y yo. Entonces, que mi jefe me tira los galgos no es una fantasía mía o de mi amiga Maripi.
MALAS NOTICIAS
Al volver a la agencia, la recepcionista me avisó que mi mamá había llamado y que sonaba alterada. Miré el celular: tenía tres llamadas perdidas de mi vieja. Le respondí el llamado, sorprendida por su urgencia.
–Hola, ma. ¿Pasó algo?
–Sí. No quise molestarte antes porque esperaba que ella estuviera con alguna de sus amigas, pero estoy preocupada porque Natalia no aparece.
Natalia es dos años menor que yo. De los tres hermanos (ella, Facundo y yo) es la más bardera. Lo que tiene de divertida lo tiene de vaga, y vive desafiando a mis padres. En el secundario tuvo mil problemas y en la facultad viene para atrás. A mí siempre me volvió loca como compañera de cuarto, y esa fue una de las razones por las que me alquilé un depto junto a Maripi y me fui de la casa de mis viejos.
Nerviosa, mi mamá me explicó que Natalia había salido el domingo a la tarde a preparar un parcial a la casa de una compañera a quien nadie conoce. Ahora que ya había pasado el mediodía del lunes, seguía sin aparecer. Mi vieja había hablado con sus amigas y le decían que se tranquilizara, que tal vez Nati había ido directo a la facultad, sin pasar por la casa de mis viejos.
Le mandé un WhatsApp a Nati: “Mamá está desesperada. ¿Dónde te metiste?”. Luego mandé otro, con cierta culpa: “¿Estás bien?”. Respondió a los cinco minutos: “Estoy bien, pero me mandé cualquiera. Ahora hablo con mamá”.
La llamé al celular, muerta de nervios, pero saltó el contestador automático de Nati. El tiempo que pasó desde ese momento hasta que logré tenerla frente a frente fue una eternidad, una tortura. Pero peor fue cuando supe qué era lo que le pasaba a mi hermana…
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